sábado, 15 de marzo de 2008

OPOSICIONES PARA POLÍTICOS

No se exigen oposiciones para intervenir en la política y, claro, así entra cualquiera. ¡Hasta los mediocres! ¡Hasta los incompetentes! ¡Hasta los sinvergüenzas! ¡Hasta los inmorales! (Sí, sí, yo sé que hay muchísima gente decente en política, la inmensa mayoría, pero si se hicieran algunas cribas, habría muchos más).

Está visto que los partidos políticos buscan a la gente que es capaz de atraer votos, lo que parece lógico, sin importarles mucho, al parecer, las cualidades personales -moralidad y competencia- de los individuos aceptados y elegidos.

Para entrar como funcionario de las Administraciones municipal, autonómica o estatal, con un sueldo a veces inferior a los mil euros, hay que hacer unas reñidas oposiciones en lucha con varios miles de individuos, y te piden certificados de varios tipos; para un trabajo cualquiera, con menos de mil euros de sueldo mensual, exigen las empresas la presentación de un curriculum y, a ser posible, referencias de otras empresas o trabajos y unas cualidades específicas; pero en la política solo vale llamar la atención en las reuniones de los partidos; o gritar mucho; o preguntar mucho; sencillamente hacerse ver para que los demás se fijen en ti. "Fulano es un tío luchador y muy conocido que atraerá muchos votos". Al personaje lo conocen de vista, de estar en las reuniones, de verlo gritar e intentar imponer sus propios criterios a base de chillarmás que los demás. A nadie se le ocurre preguntar "¿cómo anda de moralidad?" (Quizá yo esté algo anticuado y esto de la moralidad ahora no se lleve, pero acepto que se pregunte: "¿cómo anda de ética?"). No, esto no lo pregunta nadie, que yo sepa.

Claro y así ocurren las cosas que todos conocemos y que ocurren un día sí y otro también. Un día de un partido y otro del de enfrente. Cargos públicos, con sueldos astronómicos, que, además, se aprovechan de su cargo, olvidando, en algunos casos, que en su trabajo habitual eran "mileuristas".

Cual es la consecuencia: Alcaldes y concejales "enchiquerados" por desconocer los más elementales principios de la moralidad o de la ética y meter las manos donde no deben.

Y lo lamentable es que algunos de esos señores a los que nada se les preguntó ni exigió cuando entraron en el partido, resultan incluidos en unas listas electorales cerradas y si resultan elegidos son encargados de administrar los bienes públicos, que, -contra el criterio de una señora ministra que creía que el dinero público no es de nadie,- son de todos los ciudadanos.

Podríamos poner numerosos ejemplos, en todos los partidos, -¡no se salvo ni uno!- pero me limito al último caso conocido leído esta misma mañana en Internet.

Un ex teniente de alcalde del Ayuntamiento de Palma durante la pasada legislatura, concejal de Urbanismo para mayor inri, se gasta el "tío" entre los años 2.006-2.007 la nada despreciable suma de 45.000-60.000 € del Ayuntamiento, en sus "juergas" particulares, porque, tomo los datos de Internet, el personaje es drogadicto y los dineros se los gastaba en club honosexuales, -igual que si hubiese sido en clubes heterosexuales-. Pero, además, era tan estúpido que hacía los pagos con la tarjeta de crédito que el Ayuntamiento entrega a los ediles para atender gastos oficiales. Lógico. A ninguna persona razonable y decente se le ocurre usar la tarjeta pública para pagar cuestiones privadas. Claro, cuando lo han descubierto, la fiscalía ha procedido a denunciarlo ante el Juzgado correspondiente y ahora dice el buen hombre que se marchará a Madrid a desintoxicarse. Luego alegarán que cuando lo hizo estaba bajo los efectos de la droga y pedirán que le apliquen una circunstancia eximente o atenuante de su responsabilidad penal, si es declarado culpable.

No hizo oposiciones para político ni le exigieron certificados de ningún tipo.

Me pregunto: ¿Quién fue el lumbreras que a un inividuo de esta naturaleza le permitió entrar en el partido, propuso incluirlo en las listas y al ganar las elecciones le puso en las manos la concejalía de Urbanismo de una ciudad como Palma? Voy a pensar que la persona que lo admitió, que lo incluyó en las listas y que lo designó para el cargo lo hizo de buena fe, pero, desde luego, esa persona, ese superior responsable político, debería pasar por el oculista porque, a mi juicio, de vista no anda demasiado bien.

martes, 4 de marzo de 2008

LOS DEBATES

¿Por qué establecerían los entendidos un período tan largo de campaña electoral?

Se agotan los candidatos.

Se agotan los forofos -o fósforos, como dice Carlos Herrera- de unos y otros.

Nos agotamos los ciudadanos que no somos forofos de nadie, -aunque cada cual tenga sus preferencias personales por algún partido-, nos machacan y terminamos hasta la coronilla de los embustes, exageraciones e inventos de unos y otros.

Si tenemos un poco de memoria -no mucha- podemos recordar que cada cuatro años nos dicen las mismas cosas; las mismas patrañas; los mismos embustes, eso sí, actualizados como el IPC de las rentas, debido a las nuevas tecnologías; las mismas exageraciones; el mismo autobombo...

¿No se cansan estos señores de decir lo mismo en León, en Teruel o en Cádiz, por ejemplo?

Y lo lamentable de esto es que hay muchísima gente que se cree todo lo que dicen. Intervine en un caso de una chica de Morón de la Frontera que trabajaba en Málaga y que en un mítin que dio don Felipe González en Morón dijo que si ganaba las elecciones al otro día habría fábricas en Morón. Ganó Felipe y aquella chica dijo al día siguiente que se iba a Morón a trabajar en las fábricas. Le pregunté "qué fábricas" y me respondió "las que ha dicho Felipe". Le aclaré: "Pero, mujer, habrá que construirlas primero, ¿no?". Y me dijo "Felipe ha dicho que al día siguiente habría fábricas y yo me voy a trabajar a mi pueblo". Se fue y, claro, le pasó como a Santo Tomás, que hasta que metió el dedo en la yaga no creyó. Aquí fue al revés. Lógicamente no había fábricas. Al mes quiso regresar a trabajar de nuevo a Málaga pero su puesto de trabajo ya estaba ocupado. Y me dijo: "Era mentira". Yo le respondí: "Te lo dije y no me creíste". "¡Es que Felipe lo dijo!" Pobre ingenua. ¡Bienaventurados los que creen en las promesas de los políticos porque pronto quedarán decepcionados!

Por ejemplo, el señor Zapatero dijo anoche no sé cuántas cosas relacionadas con la educación, con los ordenadores en los colegios, con el respeto a los profesores, etc. y yo he tenido la curiosidad de indagar en un colegio y nada de lo que dijo se ajusta a la realidad. Estoy convencido de que dentro de cuatro años volverán a decir que en los colegios habrá un ordenador por cada dos niños y mucha gente se lo creerá. Tal vez lo haya en el colegio designado para la propaganda, pero nada más. Con cierta frecuencia leemos que hay colegios con goteras y-no-pa-sa-na-da. Concretamente en uno de una población cercana a Málaga las obras de remodelación comenzaron en el mes de septiembre coincidiendo con el comienzo del curso escolar, en lugar de haberlas hecho en el verano cuando los niños están de vacaciones. (¡Lógica política!) Algunos padres protestando en la puerta del centro y a otra cosa mariposa.

Y después del debate, las opiniones o las encuestas. Pero hombre, ¿a quién se puede engañar a estas alturas de la película, con esto de las encuestas? Si se llama a un barrio determinado el resultado será de una forma y si se llama a otro será diferente. Cada votante lo ve a su manera. Cada votante responde lo que le sale de las narices aunque no sea lo que vaya a votar. (¡El voto es secreto!) Para el votante del PP siempre será el ganador el representante de su partido; y para el votante del PSOE será al revés, siempre ganará el suyo. Esto ha sido, es y será así y no creo que esto cambie jamás en ningún país del mundo.

Veamos lo que dice la prensa: los periódicos afines al PSOE dan ganador al señor Zapatero; los periódicos simpatizantes con el PP dan al señor Rajoy.

En el diario Expansión-Internet de hoy -que no sé con quien simpatizará- hay una encuesta que pregunta "¿quién cree usted que ganó las elecciones, Zapatero, Rajoy, ninguno? La victoria del señor Rajoy es abrumadora pero tengo la seguridad de que en otros periódicos digitales será diferente.

¿Que cual es mi opinión sobre el ganador?

Muy sencillo, hombre. El día nueve por la noche se la daré... con seguridad. Estas cosas siempre hay que darlas a toro pasado que es la única forma de no equivocarse.

¡Ah! Esta es mi opinión y, lógicamente, puedo estar equivocado. ¡Faltaría más!

jueves, 21 de febrero de 2008

¡LAS HIPOTECAS DE LOS CANDIDATOS!

¡LAS HIPOTECAS DE LOS CANDIDATOS!

Me refiero a los señores Candidatos al Parlamento Andaluz.
En el Diario SUR del día 20 de febrero aparecen seis candidatos del PSOE, otros seis Del PP, uno de CA y otro de IU, todos ellos al Parlamento Andaluz, por Málaga, que declaran sus bienes.
(También aparecen en página diferente, los llamados cabezas de listas, señores Chaves (PSOE), Arenas (PP), Valderas (IU) y Álvarez (CA), pero estos cuatro los dejaré para una nueva entrega).
Hombre, digo yo que podrían haber concretado algo más porque al no hacerlo surgen preguntas de curiosos y eso es malo porque la gente es –somos- mal pensados, a veces, y podemos no creernos ni una sola palabra del cuento chino.
Con el máximo respecto que me merecen todos estos señores, me voy a permitir hacer algún comentario a cada uno de los candidatos teniendo en cuenta que se trata de personas dedicada a la “res publicae”, me refiero a la “cosa pública” y no a la república, lo aclaro para aquellos que no estudiaron latín. Y creo que las cosas, o se hacen bien o mejor es no hacerlas, pero hacerlas a medias tiene uno la sensación de que quieren tomarle el pelo.
Lo entrecomillado es lo que aparece en el periódico.

LOS SEÑORES DEL PSOE:
LA SEÑORA ROSA TORRES: “Una vivienda y un local; un saldo en las cuentas de 8.400 €.; una autocaravana, participaciones en tres sociedades y un plan de pensiones; una deuda de 15.952 €”
VAMOS A VER: un piso puede tener un valor de 120.000 € o de 1.000.000 de €; y un local depende de la superficie y localización para que pueda valer muchísimo dinero. ¿Qué participación tiene la señora en esas tres sociedades, por qué valor y qué sociedades? ¿Qué capital hay en el plan de pensiones?¡Es que yo, si no me lo aclaran, no me entero!
EL SEÑOR J. PANIAGUA; “Tres viviendas y un suelo rústico. Cuenta con un inmueble urbano no catalogado. Un saldo en cuentas de 19.290 €, unas obligaciones subordinadas en UNICAJA y un crédito de 25.110 €”.
VAMOS A VER: Con respecto a los tres pisos, pienso lo mismo que de la señora Torres. Además, si los tiene arrendados pienso que percibirá unas rentas, ¿o es que los tiene cedidos a la beneficencia? Pero ¿qué es un suelo rústico? ¿Se refiere este señor a una finca rústica de una hectárea o a una de quinientas hectáreas? ¿De secano o de regadío? ¿Y qué es un inmueble urbano no catalogado? ¿Es una chabola, un palacio o un edificio de aparcamientos?
LA SEÑORA BUSTINDUY: “Dos viviendas, una de ellas en Torrox y un local. Tiene 6.700 € en cuentas; un plan de pensiones y un coche; una hipoteca de 236.000 € y un préstamo personal de 5.000 €”.
VAMOS A VER: ¿Dónde está el local y qué valor tiene? Porque todos ustedes dicen con exactitud el importe de la hipoteca. ¿Por qué no dicen el valor de los pisos y del local?¿Cuánto paga de hipoteca todos los meses?
EL SEÑOR PAULINO PLATA: “Dos viviendas, un saldo en cuenta de 6.240 €; acciones, un plan de pensiones y un fondo de inversión; una hipoteca por 96.595 € y la compra de una casa a Profingo por 135.686 €”.
VAMOS A VER: Tengo que decir lo mismo que a los demás con respecto a las dos viviendas. ¿Dónde están y qué precio en venta tienen? ¿Qué número de acciones y de qué entidades? ¿Cuánto dinero en el fondo de inversión y cuánto en el plan de pensiones?
LA SEÑORA ISABEL MUÑOZ, del PSOE, no declara vivienda alguna; un saldo en cuenta de 64.700 €, acciones y dos vehículos, un Rover y un Volkswagen y un préstamo personal de 4.998 €”.
VAMOS A VER: ¿Dónde vive usted? ¿Es un piso de su madre, o de su esposo, o es alquilado? Y si es alquilado, ¿qué renta paga? Con respecto a las acciones le pregunto como a los otros señores, ¿cuántas y de qué entidades? Decir, “acciones” es no decir absolutamente nada.
EL SEÑOR L. ALONSO: declara una vivienda con valor catastral de 246.000 €, un saldo en cuenta de 3.800 €; un coche de la marca Saab, y una hipoteca vivienda por valor de 149.000 €”.
VAMOS A VER: todos sabemos que si una vivienda tiene un valor catastral de 246.000 € es que su valor, como mínimo se multiplica por dos, porque precisamente Hacienda exige que se le asigne un valor, como mínimo, duplicado el valor catastral, cuando se declara por algún motivo. ¿Vendería usted su vivienda en 500.000 €?

LOS SEÑORES DEL PP:
LA SEÑORA E. OÑA: “Dos viviendas y un inmueble no catalogado. Un saldo en cuenta de 152.623 €; un coche, participaciones en entidades y un seguro de vida. Tiene una deuda con la entidad Sol Bank de 18.000 €”
VAMOS A VER: Digo lo mismo que a los señores del PSOE. ¿Dónde están las viviendas, qué superficie tienen y qué valor real? ¿Qué es un inmueble no catalogado? ¿En qué entidades tiene participaciones y en qué cuantía? ¿Cómo es que disponiendo en cuentas bancarias de 152.623 € mantiene usted un deuda de 18.000 € por la que sin duda estará pagando más intereses de los que recibe por su dinero?
EL SEÑOR A. GARRIDO:”Dos viviendas, una de ellas al 50%, saldo de 7.500 €; un coche Hyundai; una hipoteca sobre la vivienda de 125.000 € y un crédito coche por 20.000 €”.
VAMOS A VER: ¿Es que se han puesto todos de acuerdo para hacer la declaración? ¿Dónde están las viviendas y qué precio tienen? Precio de verdad.
LA SEÑORA A. MUÑOZ, del PP: “Cuatro viviendas, dos locales y un inmueble no catalogado; un saldo de 11.425 €, un coche y acciones; un préstamo por la vivienda de Suecia de 336.000 € y un préstamo por 168.000 €”
VAMOS A VER: Insisto en cómo son las cuatro viviendas y qué precio tienen. Sabemos que una está en Suecia. ¿Qué son inmuebles no catalogados? ¿Qué coche, qué número de acciones y de qué sociedades?
EL SEÑOR DELGADO: “Tres viviendas y un terreno rústico; saldo en cuentas 6.728 €; un coche y seguro de vida por valor de 100.000 €. Dos hipotecas por un total de 335.577 €”.
VAMOS A VER: Con respecto a las viviendas y al terreno rústico le hago las mismas preguntas que a los señores anteriores. ¿Dónde, cuándo y cómo?
LA SEÑORA A. CORREDERA: “Una vivienda con valor catastral de 56.040 €; un saldo en cuenta de 49.868 €; no declara ningún otro bien y declara no tener ninguna deuda”.
VAMOS A VER: Es la primera persona que no debe nada. ¡Milagro! Esta señora es evidente que es persona ahorrativa. Con respecto a lo del valor catastral repito lo ya dicho. Pero, en principio parece que su vivienda es normalita.
EL SEÑOR F. OBLARÉ, “Una vivienda con valor catastral de 91.000 €; un saldo en cuenta de 1.900 € y un coche marca Audi. Declara no tener ninguna deuda”
VAMOS A VER: En otro pasaje del periódico que hace muy pocas aclaraciones, dice el periodista que se trata de un Audi-A6, que vale un pastón de dinero y que cada vez que llena el depósito de combustible se le deben ir más de cien euros. Y todo esto lo hace este señor con 1.900 € en cuenta. ¡Menudo administrador que es este señor! Consejero de Hacienda deberían hacerlo de inmediato porque esto es algo así como la multiplicación de panes y peces.

EL SEÑOR A. MARIN LARA, de CA: “Tres viviendas; 2.400 € en cuenta. Acciones, seguro de vida y dos coches; una hipoteca de 219.000 €; dos pólizas de crédito de 75.000 € y deudas por 31.000 €.”
VAMOS A VER: Pero, buen hombre, cree usted que disponiendo de 2.400 € tan solo se pueden mantener tres viviendas, pagar un seguro de vida, tener dos coches BMW y atender a tres pagos, uno hipotecario y otros personales? En cierta ocasión, en una inspección de Hacienda a un señor que declaró 15.000 € de ingresos anuales, le preguntó el inspector: Vamos a ver, tiene usted en su casa un mayordomo, dos doncellas, un jardinero, un chofer, dos Mercedes, vive usted en un palacete y quieres decirme cómo puede llevar todos esos gastos adelante con 15.000 € anuales? Pues, fíjese, señor inspector con qué poquito me apaño yo”. Hombre, las cosas hasta cierto punto.
EL SEÑOR J.A. CASTRO DE IU: “Una, no es propiedad; tiene en su cuenta 3.798 €, un coche y dos seguros de vida, y, una hipoteca de 65.000 € y dos créditos de automóvil por 9.795 €”.
VAMOS A VER: Lo de este señor ya es rizar el rizo. Tiene una vivienda pero no es de su propiedad. Es decir, la tiene pero no la tiene. ¿En qué quedamos? Si no tiene usted vivienda propia ¿cómo es que tiene una hipoteca?¿A quién ha hipotecado usted? La verdad, lo de este señor no lo entiendo y lo curioso es que debe tener una explicación. Por eso digo que las cosas claras y el chocolate espeso.

UN VAMOS A VER GENERAL
Pienso que si la Ley Electoral de Andalucía exige a los candidatos hacer su declaración de bienes es para que digan “toda la verdad, solo la verdad y nada más que la verdad”.
Ustedes tienen derecho a decir lo que les de la gana, pero yo tengo derecho a creer lo que me de la gana a mí.
Para que sus declaraciones sean creíbles:
Necesito que aclaren donde están situados los pisos, superficie y valor aproximado.
Necesito que me expliquen que es un inmueble no catalogado.
Necesito que me indiquen la superficie de un terreno rústico, si es secano o regadío.
Necesito que me digan cuantas acciones, de que entidades y por qué valor total.
Necesito que me digan a cuanto asciende el fondo de inversión.
Necesito que me aclaren lo relacionado con los seguros de vida.
Necesito que me expliquen cuanto pagan mensualmente por hipotecas.
No me creo que casi todos estos señores tengan menos de 10.000 € en cuentas bancarias.
Necesito que digan cuanto tenían hace tres meses y cuanto tienen a nombre de sus cónyuges.
No me puedo creer que un señor con dos BMW y tres viviendas tenga 2.400 € en cuenta bancarias; y que otro con un Audi-6 tenga 1.900 € en cuentas bancarias.
Y necesito que el señor Castro me explique cómo es que tiene una hipoteca si no tiene vivienda.
Si no me explican todo esto no creo ni una palabra.

Todos esos señores pretenden hacernos creer que son pobres en sentido figurado y aunque tienen tres viviendas también las tienen hipotecadas.
¿Es que por el hecho de tener más o menos es la gente más o menos honrada?
¡Digan la verdad que es mejor!

domingo, 17 de febrero de 2008

"AMANECER",¡qué nombre tan bonito para una barca!

En mi libro RELATOS, se incluye este que escribí después de un viaje a LUARCA, (Asturias), un pueblo que, para mí, tiene un encanto especial y con toda razón está incluido en el grupo de pueblos más bonitos de España.

"AMANECER", ¡qué nombre tan bonito para una barca!

Mi pueblo es de una hermosura sorprendente. Lo es en la actualidad y lo fue en el pasado, al menos desde que lo recuerdo. Es para mí, y en creencia de mucha gente, el pueblo más hermoso de todo el litoral Cantábrico.
Mis primeros recuerdos son de un pueblo mediano de tamaño, bordeando el mar, con casas blancas, ocres y de otros colores, que se reflejaban –y que aún se reflejan- en el agua del puerto; recuerdo el puerto, nuestro precioso puerto, integrado en el pueblo, con una serie de barcas amarradas como coches en batería, numerosas barcas de pesca, unas junto a otras, de vistoso colorido aunque predominando el blanco, el rojo y el azul; recuerdo especialmente los días de fiestas en los que, en casi todas las casas del centro urbano, y en todas las que miran al puerto, se colocaban banderas españolas en los balcones y se adornaban todas las barcas con banderas y gallardetes que se movían suavemente con la brisa del mar. También recuerdo el puente que cruza sobre el río truchero que atraviesa la población y especialmente las macetas rojas, amarillas, azules y verdes que colocaba el Ayuntamiento al final de la primavera y en verano; estas macetas, situadas junto a la barandilla del puente, pintadas de rojo y blanco, suscitaban elogios de los visitantes. Hoy mi pueblo está más extendido, incluso el puerto ya no es como que era; ha crecido mucho y, en general, hay una prosperidad apreciable. Desde luego también ha crecido en belleza y sigue siendo el pueblo más bonito de toda la costa cantábrica. O esa es mi idea, al menos.
Mi pueblo está junto al mar, un mar de aguas impetuosas y agresivas que rompen con violencia contra el acantilado y los espigones que cierran el recinto portuario; un mar azul verdoso, grisáceo a veces, intenso e infinito, llamado Cantábrico. Y mi pueblo, blanco y ocre, pequeño en mis primeros recuerdos, se va elevando suavemente desde el nivel del mar, donde se sitúa lo que hoy se llama el casco antiguo, para ir extendiéndose hasta la carretera general, en un sin fin de construcciones modernas con unas vistas fantásticas sobre el mar. Desde el mar la visión del pueblo es de una hermosura sin igual. Más de una vez subí a una barca, con mar en calma, para recrearme en la visión maravillosa de mi pueblo. En mi opinión, el mar y el pueblo se complementan armoniosamente formando una estampa única. Hay muchos pueblos hermosos bordeando el Cantábrico, desde Galicia hasta la Comunidad Vasca, pero como el mío, ninguno.
Tenemos hasta un pequeño puente colgante que une un paseo que bordea el mar con un pequeño promontorio que forma parte integrante del propio pueblo, y aunque no es gran cosa sí es un lugar característico de la población; se cimbrea suavemente al pasar por él y mucha gente, en especial algunos turistas, ni siquiera se atreven a atravesarlo por la sensación extraña que produce oscilando a diez metros de altura sobre el agua, mientras otros disfrutan atravesándolo y viendo bajo sus pies el chocar de las olas contra las rocas del acantilado y el muro del paseo Yo que paso por él desde pequeña, recuerdo que me distraía entonces con algunos amigos colocándome encima, procurando que se moviera suavemente, mientras contemplaba la corriente de agua que se agitaba al fondo; y recuerdo también que las autoridades aconsejaban no pasar por el puente los días de viento.
Las gaviotas vuelan plácidamente sobre el puerto y el mar para lanzarse inesperadamente al agua, en picado, en busca de su alimento cotidiano, o revolotean alrededor de las barcas que salen a pescar o que regresan cargadas, esperando aprovechar los desperdicios que les arrojan los hombres de la mar. Y luego, los días más tranquilos, las veo mecerse en las ondulaciones del agua como si fueran barcas fondeadas en la lejanía. Y si están cansadas permanecen adormecidas en las pequeñas calas, recubriendo los peñascos del acantilado, o, incluso, en el mismo puerto, o en los mástiles de las embarcaciones. Me resulta un espectáculo relajante sentarme frente al mar a contemplar el ir y venir incansable de las gaviotas. Es, sin duda, una de mis distracciones preferidas.
Dice mi madre que llevo el mar metido en el alma y en el cuerpo, y es verdad, soy de esas personas que no se acostumbrarían jamás a vivir sin ver el mar cada día. Es una especie de atracción incomprensible, irracional, inevitable. El mar, mi mar, es mi propia vida.
Mi pueblo vive del mar y para el mar. Tiene un pequeño puerto de pescadores, un puerto natural –con dos espigones que lo cierran, obra de la mano del hombre- que se abre en el acantilado, de difícil acceso, con un ramal que se introduce hasta el mismo corazón del pueblo, como una cuña. Hay varios pueblos así a lo largo de la costa cantábrica, en los que el puerto es como un pequeño enclave en el casco urbano; pero el mío, sin duda, es el más original de todos ellos. Y la gente que nos visita, especialmente en el verano, se admira y sorprende al contemplar las pequeñas embarcaciones meciéndose suavemente al vaivén del agua, casi en la misma plaza principal, rodeadas de edificios, originando un concierto maravilloso y variopinto de palos y farolas que lucen en el recinto portuario.
La plaza es la joya de nuestro pueblo y toda la vida de la gente gira a su alrededor. Tiene algunos árboles; bancos y farolas de artesanía; y es el lugar de recreo de todos los habitantes, de la gente que nos visita, especialmente en verano, como dije antes, cuando el Ayuntamiento coloca macetas de colores en todos los lugares estratégicos de la ciudad, con flores variopintas y luminosas, exultantes a veces, que llama la atención de la gente por su colorido y alegría; en el invierno, en cambio, suele estar más solitaria porque las ráfagas de viento la barren de norte a sur con enorme fuerza y la gente suele cruzarla apresuradamente salvo en los días de sol que se arremolinan junto al quiosco de la prensa, o en pequeños grupos de tertulia.
Las casas que rodean el puerto son en general de tres plantas, según mamá años antes eran de una o dos solamente. Mamá y yo vivimos en una de estas casas, en una segunda planta, en lugar privilegiado, frente al puerto. En realidad en este sector muchas casas miran al mar, pero la mía es la mejor situada de todas y la más blanca. Tiene la gente del pueblo la costumbre de pintar las casas para las fiestas del patrón, por el deterioro que se produce en las fachadas debido a la humedad y a la salinidad del mar, y casi siempre las pintan de colores, excepto la nuestra que está de blanco, porque así estaba cuando vivía papá, "para que resalte entre las demás", asegura mamá que decía mi padre. Y así continuamos pintándola. Esta casa la construyó mi padre, es nuestra y mamá y yo tenemos pisos alquilados y de las rentas hemos vivido mucho tiempo, en realidad, desde que yo recuerdo, y así continuamos.
En casa durante mucho tiempo vivimos solas mamá y yo. Papá murió cuando yo era pequeña aún. Decimos que murió pero no sabemos con absoluta seguridad si fue así o no. Simplemente lo creemos porque algo hay que pensar. Tenía papá una barca muy maja y hermosa, según cuenta mamá, llamada "AMANECER", ¡qué nombre tan bonito para una barca!, ¿verdad?, y cuentan quienes conocieron a mi padre, casi todos en el pueblo, que era atrevido y temerario, un auténtico lobo de mar que todo lo confiaba a su propia suerte. Dice mamá que lo conocían en todos los puertos del Cantábrico; y que cantaba como los propios ángeles, con una voz potente que se elevaba sobre el ronroneo del motor de la barca, sobre el viento y sobre el fragor del mar, especialmente cuando regresaba patroneando la barca y entraba en el puerto. Dice mamá que esas cosas no ocurren hoy, quiero decir eso de que un hombre de mar regrese cantando a su casa después de una tarea dura y arriesgada, pero entonces, hace treinta años, la vida era de otro modo y parece que estas cosas eran como más naturales. Un día de tormenta que nadie se atrevió a salir, lo hizo él, para demostrar que su barca "Amanecer" era la más marinera de todo el norte y la que mejor capeaba el temporal; y que él y su tripulación eran los hombres más expertos, valientes, atrevidos y machos de todo el litoral cantábrico. Dicen que fue una temeridad aquella decisión pero él la tomó y, según mamá, cuando se le metía una idea en la cabeza y adoptaba una determinación nada ni nadie era capaz de disuadirle, ni siquiera ella; ni mucho menos los hombres que tenían que salir con él, casi tan temerarios como él mismo, aunque en aquella oportunidad parece que más de uno aconsejó no hacerse a la mar en aquellas condiciones tan desfavorables. También parece que una sola mirada de mi padre hizo callar a los disconformes porque le tenían un respeto imponente. Particularmente y aun siendo mi propio padre creo que aquello fue una chulería. No regresó de aquella aventura. Son cosas que ocurren cuando se actúa de forma irreflexiva y temeraria con el mar. Si te sale bien el envite te conviertes en un héroe, si salen las cosas mal... Ninguno de los tripulantes volvió tampoco, ni se encontraron sus cuerpos, ni tampoco restos de la barca. Por eso dije antes que creemos que murió. Cuenta mamá que durante varios días el pueblo fue un auténtico velatorio, con llantos, lamentos por todas partes, gritos histéricos... porque fueron siete los desaparecidos y todos ellos casados y con hijos. Me lo imagino. Aquello fue una temeridad y todos fueron culpables: mi padre por decidirlo y los otros por obedecerles y secundar su absurda idea. Los hombres, a veces, confunden la prudencia con la cobardía. Sin duda todos ellos comprendieron que aquella decisión de salir en condiciones tan desfavorables era una imprudencia temeraria, pero se vieron obligados a seguirle para que no sufriera su concepto de la hombría. Se convirtieron en hombres atrevidos e intrépidos... pero muertos. ¡Vaya un concepto de la vida!
Verdaderamente fue una irresponsabilidad por parte de papá y aunque han transcurrido los años, imagino la reacción del pueblo, porque en los pueblos pequeños, como el mío era entonces, cuando ocurre una tragedia de esta naturaleza, además de la solidaridad que se origina entre unos y otros, casi todos se ven implicados porque las personas están emparentadas también unas con otras. Y lo que más me apena es que todo fuera debido a una cabezonada de mi padre y que pensara más en su propia estima, que en su mujer y en su hija, en sus propios compañeros y en las mujeres e hijos de estos, que podrían verse afectados. Como así ocurrió. ¡Pero su hombría quedó a salvo! ¿Acaso fue más hombre por salir aquel día? Aquello fue una auténtica estupidez y una imprudencia incalificable. Aunque la hiciera mi padre.
Según me contó mamá alguna vez, mucha gente del pueblo estuvo algún tiempo sin dirigirle la palabra siquiera, como si ella hubiese sido la instigadora de aquella aventura cuando en realidad fue una víctima de la irracionalidad de su marido y sufrió tanto como los familiares de sus compañeros; las aguas parece que volvieron a su cauce algún tiempo después al comprender aquella gente la realidad de los hechos y las consecuencias que se derivaron de aquella tragedia, porque la desaparición de la barca y los tripulantes, además de la cuestión afectiva, dejó en la miseria a mucha gente ,y nosotras, mi madre y yo, no tuvimos demasiados problemas porque disponíamos de las rentas de los pisos de la casa aunque teníamos que pagar una hipoteca; yo era muy pequeña y no tengo conciencia de haber carecido de nada porque mis abuelos, además, se volcaron conmigo y con mamá.
Yo era tan pequeña entonces que no recuerdo nada de mi padre. De no ser por una fotografía que mamá conserva aún en un marco de nácar sobre la cómoda de su dormitorio, ni siquiera recordaría su rostro. Parece que papá no era amigo de fotografías, por eso mamá sólo dispone de la que tiene en su dormitorio. Tenía los ojos intensamente azules, el pelo rubio y revuelto, el aspecto agradable aunque duro y de una firmeza pétrea como las rocas del acantilado. No recuerdo nada de él pero mamá dice que siempre fue muy bueno conmigo y que me adoraba y me colmaba de regalos; y asegura que también fue muy buen marido y que mientras vivieron juntos no le faltó de nada, siempre la trató con mucho respeto y sintió un gran cariño por ella. También comenta mamá a veces, con orgullo y cierto énfasis en la voz, que era muy guapo y muy fuerte y que causaba admiración entre las demás mujeres del pueblo y de los pueblos de los alrededores cuando venían aquí a las fiestas patronales o a hacer compras. Asegura mamá que muchas mujeres del pueblo le lloraron en silencio, como si hubiese sido alguien de la familia, y piensa ella que debió ser porque muchas estaban enamoradas de él. ¡Pobrecillo! Es que por muy marinero que se sea y por mucha fuerza y habilidad que se tenga no se puede luchar contra la mar cuando la mar se encrespa. Puede contra todo y contra todos.
Mi casa mira frente al puerto. No sé si mi madre buscó esta casa al casarse – quiero decir la casa que había primitivamente antes de que mi padre construyera la que hoy tenemos- para ver a mi padre cuando salía o regresaba en su barca "Amanecer", o fue simplemente pura coincidencia. De todos modos mi madre, ahora, no abandonaría esta casa por nada del mundo. Aunque la mitad de la casa es mía por la herencia de papá, no quise intervenir y le di plena libertad para que hiciera con ella lo que mejor le pareciese. Quizá mamá tenga algún resquicio de esperanza que le haga pensar en el regreso de papá algún día; -¡pobrecilla!-, si es así es una esperanza infundada porque después de tantos años... Y más, si hubiese sido papá el único desaparecido, podría pensarse que nos abandonó y que está en cualquier otro sitio viviendo una nueva vida, pero siete hombres... es imposible que los siete decidieran abandonar a su gente. Yo no tengo ninguna duda de que están muertos en el fondo del mar. Mamá, en cambio, no piensa lo mismo, estoy segura, aunque nunca me ha dicho nada. A veces la he sorprendido asomada a la ventana de su dormitorio con la mirada perdida en la mar, sin duda recordando a mi padre; rezando por él, o esperando verle aparecer por la bocana del puerto, cantando aquellas canciones hermosas que, según mamá, ponían los pelos de punta, por lo menos a ella, claro. Creo que ella no sabe que la he visto así, ensimismada, abstraída, incluso esbozando una sonrisa triste como si recordara algo agradable. Lo hace casi en secreto, como ocultándose, tal vez para evitar que le diga que su espera es una tontería o una chifladura. Lógicamente no le he dicho nunca nada de eso. ¿Qué puede importar que ella tenga esa esperanza y prefiera guardar su secreto?
Las ventanas de nuestra casa están orientadas hacia el puerto y muchos días, en los ratos libres, me distraigo viendo la salida de las barcas que van a pescar; o a esperarlas al regreso, en los atardeceres, especialmente en verano, cuando los días son tan largos, para verlas venir cargadas, con sus motores ronroneantes y avanzando lentamente hasta verlas entrar en el puerto en dirección a la Lonja. Cuando se alejan, si la mar está picada, recuerdo la historia de mi padre, y siento una extraña opresión en el corazón, una especie de angustia; como si aquella fuera la última vez que viera a los ocupantes de las embarcaciones, conocidos de toda la vida y muchos de ellos amigos de cada día. Y es que ¡es tan poca cosa una barca de pesca en mitad de un mar agresivo e inmenso como el Cantábrico!
En verano principalmente, las embarcaciones de recreo de los veraneantes ponen un colorido especial en el puerto y éste adquiere un movimiento inusual mientras se mezclan los barcos de pesca con los veleros de vistosos colores. En esos momentos parece que todo se remoza y se llena de colorido y de alegría. Pero siempre que veo salir las barcas de pesca o los veleros de recreo, con su fuerte balanceo, no puedo evitar un extraño escalofrío recorrerme todo el cuerpo y se me viene a la cabeza la memoria de mi propio padre y el naufragio de la barca Amanecer. Es algo que no puedo evitar.
¡Es muy dura la vida en la mar!

***
Recuerdo...
Una tarde de invierno, con grandes nubarrones en el cielo, fuerte viento que hacía aumentar la sensación de frío, permanecí un buen rato asomada a la ventana de mi dormitorio contemplando cómo una barca llamada "La Gaviota" se alejaba de tierra con ayuda de su motor, con su runrún monótono y triste como el atardecer nublado, porque los motores de estas embarcaciones siempre suenan igual, con monotonía y tristeza, como los días de lluvia. "La Gaviota" es tan blanca como mi casa y tan elegante navegando como el vuelo de las gaviotas cuando planean solitarias sobre el mar. Aunque ciertamente no me fijaba yo en aquel instante ni en la blancura ni en la elegancia de la barca.
En la popa, con el cabello revuelto por el viento marinero del atardecer, un chico de poco más de veinte años, enfundado en un anorack azul con franjas rojas en las mangas, agitaba un pañuelo blanco en dirección a mi ventana. Respondí a su saludo de despedida alzando la mano. Él continuó enarbolando el pañuelo hasta que la barca alcanzó la bocana del puerto y salió a mar abierto. Me estremecí al ver cómo se alejaba, porque el tiempo no presagiaba nada bueno, los nubarrones tenían un extraño color grisáceo, como de tormenta, y el viento estaba cargado de humedad, presagiando lluvia. Al mediodía les dijimos a los hombres que iban a embarcarse en aquella y otras barcas que no salieran porque el cielo presagiaba tormenta. Se echaron a reír alegando que si cada vez que el tiempo estuviese tormentoso se quedaran en tierra, sería su ruina. Los argumentos de siempre. Otros insistieron; yo no; ninguna relación estrecha tenía con ellos, salvo la amistad, y soy de las personas que suelen decir las cosas una sola vez. Pero recordé la historia de mi padre. ¿Para qué insistirles a unas personas con la cabeza más dura que los acantilados, como dice mamá?
Desde la otra ventana mamá sorprendió mi saludo al chico de la barca, y me preguntó:
-¿Quién es ese chico del pañuelo, nena?
Mamá siempre me llama "nena", no sé por qué. Oí su voz pero no le presté demasiada atención, ensimismada como estaba, sin darme cuenta exacta de que la pregunta iba dirigida a mí; y es que mi mente estaba en otro lugar en aquel instante. Estaba en la propia barca "La Gaviota", que ya era solo un punto perdido en la mar; y estaba también pensando en el chico que había estado agitando el pañuelo momentos antes, uno de los que intenté disuadir para que no saliera aquella tarde.
-¿No me oyes, hija? -insistió.
-¿Qué dices, mamá? –respondí, saliendo de mi ensimismamiento.
-¿Quién es ese chico del pañuelo? Ese de "La Gaviota" que hacía señas hacia aquí, quiero decir. Era a ti, ¿verdad?
-Es Juanjo, mamá, el hijo de Laura la del mercado -aclaré, aunque mamá sabe mejor que yo quien es Juanjo, quien es la madre de Juanjo y quienes son todos sus ascendientes porque lo conoce desde que nació y seguramente hasta estuvo en su bautizo o lo cogió en brazos alguna vez porque un tío de Juanjo iba en la embarcación de mi padre cuando desapareció años atrás.
-¡Ah, ya! Es que no lo había reconocido.
Luego quiso saber más. Y preguntó una y otra vez, sobre él, sobre su familia, sobre su trabajo, sobre la barca, sobre esto y sobre aquello y lo de más allá. Preguntó sobre todo cuanto se le ocurrió.
-¿Y por qué te saludó así?
Le dije que llevaba dos domingos saliendo con él y bailando juntos en la discoteca.
-¿No lo sabías? –le pregunté.
-Bueno...Su madre me dijo algo en el mercado días pasados, pero, la verdad, no le hice demasiado caso. ¿Y tú?
-¿Yo qué, mamá?
-Que si estás enamorada de él, hija. Hay que sacarte las palabras con sacacorchos, a veces.
-¡Mamá! – exclamé; y luego, comprendiendo su curiosidad, le dije: -No lo sé.
-¿Qué no sabes si estás enamorada de un chico? –preguntó, sorprendida.
-Te digo que no lo sé con seguridad.
No dijo nada más. Se marchó de la ventana y yo permanecí en mi observatorio intentando descubrir la barca entre las olas y distrayéndome con el vuelo de las gaviotas y la salida de otras barcas que abandonaban el puerto y se adentraban en alta mar.
Aquel día, por primera vez en mi vida, tuve un sentimiento especial, casi de miedo, de intensidad desconocida hasta aquel momento, al ver desaparecer "La Gaviota" y las restantes embarcaciones confundidas con el horizonte. ¿Por qué? En ocasiones anteriores las había visto marchar sin especial interés; pero aquel día algo nuevo hizo vibrar las fibras de mi ser, porque en una de aquellas barcas iba un hombre que estaba enamorado de mí, que me decía cosas que me agradaban y que yo... aunque no sabía aún si le quería o no, estaba comenzando a preocuparme por él también.

***
Me despertó un trueno espantoso que hizo vibrar los cristales de la ventana del dormitorio.
Sobresaltada, me senté en la cama, encendí la luz y miré el reloj. Eran las siete de la mañana y estaba completamente oscuro aún. Noche cerrada.
El resplandor de un relámpago me cogió desprevenida. El trueno que siguió fue impresionante y, como el primero, de una violencia tal que tuve la sensación de que habría quebrado todos los cristales de las ventanas de la población. La luz de la bombilla hizo unos guiños amenazadores pero no llegó a apagarse.
Salté de la cama y, descalza, corrí a la ventana. El suelo de la habitación estaba helado, pero no me importó demasiado en aquel momento. Limpié con la manga del pijama los cristales empañados y como continuaba sin ver bien, opté por abrir la ventana. Una ráfaga de viento helado que arrastraba gotas de agua, barrió el dormitorio llevándose de un soplo el calor acumulado durante la noche. Me estremecí. Llovía fuerte aunque no intensamente, pero el viento soplaba cada vez con mayor violencia agitando las embarcaciones del puerto, haciéndolas entrechocar unas con otras, y moviendo las farolas del alumbrado público con un tintineo metálico, ya característico. Y por encima del ruido del viento llegó a mis oídos el fragor estruendoso del mar que rugía de forma desacostumbrada. Creo que nunca lo había oído rugir de aquel modo.
Un nuevo relámpago iluminó fugaz pero intensamente el panorama que se ofrecía a mis ojos, mostrándome un cuadro fantasmagórico de barcas entrechocando, de mástiles cruzados, del chasquido del agua al romper contra los muros del puerto y contra las propias embarcaciones. Volvieron a guiñar las luces y el frío que entraba por la ventana abierta me produjo una extraña sensación de malestar en todo el cuerpo. Al retumbar el trueno cerré la ventana y permanecí detrás de los cristales. La frialdad del suelo se me fue encajando en las piernas y aunque moví los pies repetidamente no conseguí abandonar la sensación de malestar. Apoyé la frente sobre los cristales y sentí cierto alivio al notar la frialdad en la cabeza. Mis pensamientos se desbocaron y, como siempre, la tragedia de mi padre se me hizo patente y extensible a todos los amigos que habían salido la tarde anterior. El cristal fue empañándose hasta perder casi por completo la visión del exterior. Era la hora del amanecer y continuaba siendo noche. Volví a mirar el reloj. Las siete y diez. Solo diez minutos y cuántas ideas pueden pasar por la mente humana en un período tan corto de tiempo.
Oí ajetreo en el interior de casa. Mamá se había levantado ya y debía estar trajinando de un lado a otro, preparándose el desayuno o acicalándose para ir a la misa de ocho, costumbre que tiene los días de tormenta para pedir por los navegantes, por todos los que trabajan en la mar. Para pedir por papá también, según me ha comentado en más de una ocasión.
Me sentí sujeta a la ventana, como si una atracción irresistible me impidiera apartarme de allí, como si estuviese adherida a aquellos cristales fríos y empañados que apenas me permitían la visibilidad ni la realidad porque todo parecía estar desfigurado.
Sobre el fragor de la tormenta, de la lluvia y del bramido del mar, llegó a mis oídos el rumor de voces. Abrí los cristales de nuevo y descubrí varias sombras resguardándose bajo los lugares cubiertos. Estaban tan desdibujadas que fui incapaz de reconocer a nadie, pero debían de ser los familiares de los marineros embarcados que aguardaban impacientes el regreso de las embarcaciones, o, al menos, noticias de ellos. Cuando suceden estas cosas, estos temporales quiero decir, todo el pueblo se preocupa. Es una alarma generalizada. A veces sin decir nada, sin comentar nada, pero se aprecia en las propias miradas de las gentes.
Supuse que ya habría alguien en el campanario de la torre, con linternas, oteando el horizonte, tratando de descubrir algún vestigio de las embarcaciones. Los hombres, los días de tormenta cuando las barcas están en la mar, suben a la torre intentando descubrir a las embarcaciones y ver si se acercan y aquella mañana debían haber hecho lo mismo.
Recordé una vez más la historia de papá y mentalmente vi entre aquellas sombras desdibujadas la de mi propia madre cuando esperaba inútilmente el regreso de la barca "Amanecer", que no volvería jamás. Y se me hizo un nudo en la garganta.
Fueron horribles aquellos pensamientos. Por un momento pensé que quizá no volvería a ver nunca jamás a los amigos que la tarde antes habían salido con las barcas de pesca. En mi mente sólo vi aguas enfurecidas; aguas embravecidas que destrozaban las pequeñas embarcaciones haciéndolas entrechocar unas con otras; haciéndolas pedazos y obligando luego a buscar sus restos. Siempre igual. Las aguas de entonces y las de ahora. Como si el tiempo no contara para ellas, como si fueran aguas eternas que se supieran siempre su lección. Aguas de vida, forzoso es reconocerlo, que permiten el sustento de muchísima gente a lo largo del litoral, pero también aguas traicioneras, aguas de muerte, causantes de tragedias sin límites. ¿Cuántos habrán perecido en estas aguas embravecidas a lo largo de la historia de los pueblos del litoral?
Relámpagos y truenos se sucedían de forma ininterrumpida y el clamor de voces y rumores fue elevándose en el puerto donde comenzó a congregarse un buen número de personas.
Con los albores del nuevo día y a través de la cortina de agua descubrí fuera de la bocana del puerto algo parecido a una embarcación. El corazón me dio un vuelco. Creí reconocer en ella a "La Jabata", una barca roja muy peculiar. Era ella. Alguien tocó la campana desde el campanario de la iglesia. Detrás de La Jabata, a una media milla, vi dos puntos en el agua que pensé pudieran ser otras dos embarcaciones.
Haciendo honor a su nombre, La Jabata luchaba desesperadamente contra olas impresionantes que intentaban doblegar su arrojo y. estrellarla contra los acantilados. A veces parecía que avanzaba y a veces que retrocedía.
La gente corrió hacia el borde del agua sin importarles la lluvia intensa que caía en aquel instante, ni el frío que calaba hasta los huesos. Unos iban envueltos en impermeables, otros en mantas, otros con paraguas y chaquetones o con cualquier cosa echada sobre la cabeza. Muchos corrieron hacia la bocana del puerto.
"La Jabata" entró en el recinto portuario al cobijo de los primeros espigones, destrozada, ladeada, rota, con el mismo ronroneo del motor que la tarde anterior al abandonar el puerto.
Detrás aparecieron otras dos embarcaciones. Reconocí en la primera a la "Virgen del Mar" y algo más atrás a la "Virgen del Carmen". Las dos habían salido juntas la tarde anterior poco después que "La Gaviota" de Juanjo y que “La Jabata”. Al enfilar por la bocana del puerto observé que llegaban tan destrozadas como La Jabata y que los hombres que aparecían en cubierta estaban maltrechos y desmadejados aunque intentaban sobreponerse elevando los brazos en señal de victoria. Ellos habían vencido a la tormenta y al temporal... aquella vez.
Inesperadamente del grupo de gente se elevó un grito desgarrador y espeluznante y vi a una mujer joven corriendo como alocada, sin dirección fija, manoseando en el aire, mientras varias personas corrían tras ella intentando sujetarla y calmarla. De sus gritos y de las voces de los demás deduje que su marido que iba navegando en "La Jabata", había caído al mar. Reconocí en aquella mujer a María, una chica de tierra adentro, muy aparatosa, recién casada de pocos meses que esperaba un hijo y sentí una profunda pena por ella, al pensar que aquel pobre niño se criaría sin padre desde su nacimiento, si es que llegaba a nacer. Algo semejante a lo que me había ocurrido a mí.
¿Por qué será tan dura la vida en la mar?, me pregunté una vez más, aunque esta pregunta me la he formulado a lo largo de toda mi vida.
Mamá entró en la habitación y se sentó en la cama. Me miró con tristeza y movió la cabeza de un lado a otro. Mi aspecto debía ser deplorable. Descalza, tiritando, despeinada y en pijama.
-¿Qué te pasa, nena?
-Han regresado las barcas... bueno, todas no. Un hombre de "La Jabata" ha debido caer al agua. Creo que ha sido el marido de María, la rubia de la esquina de la calle del Mar.
-¿La embarazada?
Respondí que sí y a mamá se le transformó la expresión
-¡Dios mío! Pobrecitos, ella y su hijo.
Comenzó a llorar, recordando, sin duda, el naufragio de la barca de mi padre muchos años antes y los días que debió pasar ella entonces. Lloraba posiblemente por María, -y quizá también por ella misma- compartiendo, sin duda, su propio dolor. Nadie mejor que ella para comprender algo así.
Nos abrazamos en silencio.
El día comenzó a clarear y un sol tibio y débil surgió entre los nubarrones negros para desaparecer a los pocos minutos. Un amago de mejoría, tan solo.
Volví a sentir la atracción de la ventana aunque en realidad no había dejado de mirar por ella, pero esta vez me calcé unas zapatillas para evitar el intenso frío que había cogido en los pies y que me subía por las piernas hasta sentirlo en la cabeza.
Otras barcas estaban entrando en el puerto acompañadas por el mismo murmullo y vocerío que las anteriores. La gente, cuando veía a los suyos en tierra, lloraban de alegría y se alejaban llevando a los marineros casi en volandas. Eran los reencuentros. Solo iban quedando junto al agua los familiares de los que aún no habían llegado. Los otros estaban algo más alejados del mar, en corros, explicando lo sucedido, sin duda, y esperando también la llegada de los compañeros que se retrasaban.
La virulencia de la mar continuaba, no obstante. Quizá con más furia aún al comprender que todas aquellas barcas habían conseguido salvarse.
Fue una experiencia que la había vivido otras muchas veces desde la misma ventana, como simple espectadora, pero esta vez con un significado desconocido hasta entonces para mí. Vi hombres destrozados saltar a tierra; y los vi abrazarse a mujeres y niños que esperaban, anhelantes y nerviosos, apelotonados unos con otros, chorreando agua, sin importarles la tormenta ni la lluvia, llenos de vida y embargados por la emoción, agradeciendo todos a la Virgen del Carmen aquella desigual victoria sobre la tempestad, sobre la mar, sobre la muerte.
Pero "La Gaviota" no estaba allí ni se la veía en lontananza. Y habían transcurrida ya muchas horas desde la llegada de La Jabata.
Un nudo de dolor se me estaba formando en la garganta, algo que no me había sucedido nunca y que me impedía respirar con normalidad, como si el aire me faltara en la habitación.
Estaba tan aterida de frío que mamá me obligó a volver a la cama con el fin de que entrara en calor.
Mamá dijo algo que no entendí y abandonó luego la habitación. Volví a quedarme sola con mis pensamientos y mis angustias.
Nerviosa, casi a punto del histerismo, di varias vueltas incontroladas sobre la cama y finalmente regresé a la ventana rezándole al mismo tiempo a la imagen de la Virgen del Carmen que desde siempre tengo en la habitación. Recé todo cuanto pude recordar en aquellos instantes que no fue poco por cierto.
Mamá me condujo nuevamente a la cama. Me puso la mano en la frente, comentó que podía tener fiebre y me aconsejó no preocuparme porque "La Gaviota" seguramente habría buscado refugio en algún puerto de los alrededores, que cosas así sucedían siempre que había tormenta.
-Si han vuelto las otras, ¿por qué no va a volver ella?
Pero hablaba sin convicción alguna y solo con intención de animarme. Lo noté porque comenzó a rehuir mi mirada.
-¿Quieres que te traiga algo de desayunar? Y no te preocupes por Juanjo, hija, ya verás cómo no le sucede nada. Estos hombres del mar son duros como las piedras del acantilado.
Estuve a punto de gritarle que también mi padre había sido un hombre duro como las rocas del acantilado, o duro como el acero, según comentaban todos, y había caído humillado por las olas del mar embravecido, dejándonos solas a ella y a mí; pero me contuve a tiempo porque mamá es una mujer muy sensible y le horrorizan los gritos. Comprendí que lo hacía con la mejor intención y no tenía por qué entristecerla ni rememorar sus recuerdos.
-No es solo Juanjo, mamá, son todos esos hombres llenos de vida que salieron ayer dejando atrás cada uno de ellos a su propia gente y... Varios amigos le aconsejamos que no salieran debido al mal tiempo, pero no hicieron caso.
-Nunca hacen caso, hija. Son tozudos y creen saberlo todo y lo peor es que tienen plena confianza en sus propias fuerzas.
Me mordí el labio inferior con impotencia por no poder hacer nada.
-Vamos, ponte algo y ven a la cocina a tomar un café caliente que te reanime. ¿Prefieres que te lo traiga aquí a la cama? Anda, me quedaré contigo un rato y luego iré a la iglesia.
Me trajo café y unas galletas que no pude comer.
No podía hacer nada.
Solo esperar.
Y comprendí mucho mejor, en aquel momento, la paciente espera y la esperanza de mi madre durante todos estos años atrás.
Cerca del mediodía día, cuando la tormenta recrudecía y ya desesperaba de tanto esperar, el tañido de la campana de la torre me hizo correr a la ventana. Descubrí a lo lejos un punto blanco saltando sobre las olas. Y renació la esperanza. A los pocos minutos reconocí claramente a "La Gaviota" que apenas avanzaba y que era como una cáscara de nuez agitada por las olas.
En el campanario de la Iglesia continuaba el tañido de la campana, indicando que se acercaba una embarcación.
Durante unos minutos estuve pendiente de la barca que pretendía entrar en la bocana del puerto y que luchaba denodadamente contra las olas. Cuando tuve conciencia de que efectivamente se trataba de La Gaviota, comencé a relajarme. La barca estaba allí, a trescientos metros de la bocana del puerto pero parecía no tener fuerzas para entrar, como si fuera un juguete de las olas que la llevaban de un lado a otro sin control.
Algunos pretendieron salir en su ayuda según creí advertir pero hubieron de desistir al comprobar el mal estado de la mar que imposibilitaba la salida del puerto y cualquier intento de ayuda. Finalmente, "La Gaviota" se acercó con enorme lentitud, venciendo todas las dificultades del temporal y consiguió atravesar la bocana del puerto.
Llovía intensamente. Era una cortina de agua.
Cuando vi la embarcación en el puerto fijé la atención y vi a Juanjo en la proa saludando con el pañuelo en la mano como me había prometido el día anterior. Estaba tan destrozado como la barca pero debió sacar fuerzas de flaqueza para cumplir su promesa, confiando en que yo estuviera en la ventana esperando verle llegar.
Lo saludé maquinalmente con la mano en alto y noté las lágrimas caerme lentamente por las mejillas. En realidad no sé aún por qué lloraba, si por verlo sano y salvo o por ver que todos los hombres de la barca volvían del mismo modo.
Mamá estaba junto al agua del puerto hablando con alguien y la vi correr con los demás.
Las piernas me impidieron moverme de la ventana.
Luego la gente comenzó a gritar y aplaudir.
Desde la ventana no conseguía saber nada y sí solo ver la alegría desbordante de mucha gente que charlaba animadamente.
Mamá regresó corriendo de la calle y gritó también:
-¡"Nena", traen al marido de María! Está herido pero parece que no es nada grave. Lo encontraron agarrado a un salvavidas y a punto de morir, pero ahí está, gracias a Dios. Eso es un milagro de la Virgen del Carmen, que dicen que llevaba su medalla al cuello.
El nerviosismo y la emoción me hicieron llorar. Llorar como una tonta; llorar sin saber por qué exactamente.
-¿No vas a salir a ver a Juanjo? -preguntó mamá antes de abandonar la habitación.
-¡No! -grité, histérica y descontrolada.
-Hija...
-Perdóname, mamá, no quiero verlo ahora. ¡No quiero, no quiero verle ahora, ni nunca más! Estos hombres del mar te hieren el corazón cada día cuando salen en sus barcas; te lo desbocan si se retrasan y... y te lo matan cuando no vuelven.
-Me lo vas a decir a mí, hija...
-No, mamá, no deseo ver a Juanjo ahora, ni nunca más. No quiero sufrir tanto como tú. Por ese motivo no deseo verlo ahora ni nunca.
-Lo sé, nena, lo sé mucho mejor que tú. Pero la vida no es fácil en ninguna parte. Cada trabajo tiene sus dificultades. ¿Crees que las mujeres de los mineros no tienen el alma en vilo cuando sus maridos bajan a la mina? ¿Y las mujeres de los pilotos, o de los camioneros, o de los bomberos... crees que no sufren lo mismo? Hay mucha gente que sufre por estas causas, hija, pero la vida es así. Se dice que las personas pueden elegir su trabajo, su futuro, pero muchas veces nos vemos mediatizados por el entorno, por las circunstancias, y nos vemos abocados a situaciones quizá no deseadas. Cuando eliges una profesión también estás eligiendo todas las consecuencias que pueden derivarse de ella; los hombres del mar saben que esto puede suceder cualquier día; lo saben y lo asumen. El mar es su vida. Juanjo necesita que vayas a verlo ahora. En este momento. Cuando aún le tiemblan las piernas de miedo aunque él no quiera reconocerlo Si luego no quieres salir más con él, ni verlo, ni hablarle, no lo hagas, pero se lo dices otro día, cuando esta aventura de hoy sea solo un recuerdo. Si ahora no vas a verlo puedes hacerle mucho daño. Ha estado a punto de morir, compréndelo y para ti ha sido su primer saludo.
El agua continuaba cayendo con intensidad y violencia.
Me coloqué la gabardina y salí a la calle; la crucé sintiendo cómo me azotaban el viento y la lluvia en el rostro.
Juanjo se apartó de los suyos y me recibió con una sonrisa de satisfacción al tiempo de cogerme las manos, mientras sus familiares sonreían, comprensivos. Estaba demacrado por el esfuerzo y por el miedo que debió haber sentido luchando contra el temporal, pero, en aquel instante, se encontraba feliz y sonriente.

***
Hace unos años que escribí la anterior narración con recuerdos de mi propio pueblo, de mi propia vida.
Mamá tenía razón. Generalmente pocos llegan a ser lo que desean ser de verdad y siempre nos vemos mediatizados por las circunstancias, por el propio entorno, por las oportunidades de la vida. Mi vida junto al mar, en un pueblo que vive casi exclusivamente del mar, junto a hombres y mujeres del mar, con el mar en las propias venas, me han condicionado quizá para toda la vida. Y no supe o no quise luchar contra ese destino. Porque el mar, o la mar, llega una a llevarla tan dentro que pasa a ser parte esencial de una misma.
Hoy, junto a mi hijo Juanjo, contemplo desde la ventana de mi casa, -la antigua casa de mi madre-, la salida de nuestra barca "Amanecer"; y la sigo con la vista hasta que se pierde en la bocana del puerto y se convierte luego en un punto blanco sobre las olas de este mar azul verdoso, intenso e infinito, que es el Cantábrico. Y cada día, cuando veo alejarse la barca noto una extraña opresión en el corazón que no me desaparece hasta que la veo regresar. Y cuando se retrasa o les coge temporal, entonces... el corazón se me desboca y me viene a la memoria la tragedia de mi padre y el temporal de mis recuerdos que estuvo a punto de acabar en tragedia. Es algo que no lo puedo evitar.
Mamá vive con nosotros, con Juanjo, conmigo y con el niño, o mejor, nosotros vivimos en su casa; y ella, desde la ventana de su dormitorio mantiene la mirada perdida en la mar con la esperanza viva aún de ver algún día entrar por la bocana del puerto la barca "Amanecer" que patroneaba mi padre.
Juanjo, mi hijo, llora y patalea por irse con su padre en la barca y a mi se me parte el corazón pensando que algún día quizá lo consiga.
En recuerdo de mi padre, a nuestra barca azul y blanca la llamamos "AMANECER", ¿verdad que es un nombre muy bonito para una barca?

viernes, 15 de febrero de 2008

LAS ALGARROBAS DEL SEÑOR MARQUÉS

LAS ALGARROBAS DEL SEÑOR MARQUÉS


El hecho que cuento a continuación, sucedió una vez y yo intervine en él. Fue uno de mis primeros auntos profesionales.

Fue en los primeros años de la década de los años sesenta.
La vida en aquella época no era como ahora, sino mucho más dura; la gente no se preocupaba en absoluto de la ecología sino de la subsistencia. Los sueldos eran bajos, miserables, y los que trabajaban apenas tenían para llegar al final de mes. Los que no tenían trabajo se las veían y deseaban para subsistir. Unos recibían ayudas a los familiares, otros pedían, y otros robaban, pequeñas cosas por lo general... Había que vivir.
Poco tiempo después de colegiarme como abogado allá por el año 1.962, me encomendaron un asunto del “turno de oficio” para defender a un hombre acusado de hurto. ¡De un hurto de algarrobas!
Recuerdo que el asunto se había instruido en el Juzgado de Instrucción de Ronda y al finalizar el periodo de instrucción del expediente lo enviaron a Málaga para la celebración del juicio oral en la Audiencia Provincial.
¡Un juicio oral con tres señores Magistrados por el hurto de tres kilos de algarrobas!
Recuerdo también que se trataba de un expediente con más de cien folios, no sé cuantos más, pero algunos más. En aquella época no había fotocopiadoras y había que copiar a máquina las partes de interés del expediente, el atestado de la Guardia Civil, las declaraciones de los intervinientes, los informes del Ayuntamiento y de las fuerzas del orden, la calificación del Ministerio Fiscal, en fin, cada cual copiaba lo que consideraba de mayor interés para la defensa encomendada.
Ciertamente cuando leí aquel expediente y conocí su contenido algo se rebeló en mi interior. ¿Cómo era posible que se pusiera en funcionamiento toda la maquinaria judicial porque un hombre había hurtado unas algarrobas que estaban caídas en el suelo en propiedad privada? Llegué, incluso, en mi ingenuidad de abogado principiante, a hacerme esta pregunta: “¿ésta es la ley? ¿Así actúa la Ley?
Era un hombre casado y con muchos hijos. Con anterioridad había sido condenado en dos ocasiones como autor de dos faltas de hurto. Cosas sin importancia, una vez había cogido algarrobas de una finca privada; y otra, patatas y lechugas, de un huerto, para darle de comer a sus hijos porque estaba en el paro y carecía de medios de subsistencia.
En aquella época cuando una persona había sido condenada como autora de faltas en dos ocasiones, si cometía una tercera, automáticamente la tercera falta se convertía en delito con el consiguiente agravamiento de la pena y creación de antecedentes penales. Así lo decía la Ley.
La verdad es que cuando terminé de estudiar el expediente no podía dar crédito a lo que acababa de leer. En una expresión más moderna diría que aquello era algo alucinante.
José se encontró un día en su casa sin tener nada que darle de comer a sus hijos. Vivía en una pequeña localidad de la serranía de Ronda; los Ayuntamientos en aquella época eran bastante pobres, no tenían como ahora el cobro de impuestos municipales desmesurados, ni disponían de esas subvenciones que llaman PER, ni se podían hacer muchas obras porque no había dinero, ni el urbanismo era lo que hoy porque a la gente no les había dado, como ahora, por tener casas de recreo en los pueblos para pasar los fines de semana, puentes y vacaciones estivales. Los pueblos eran pueblos como Dios manda; con su gente más o menos solidaria y orgullosa; con sus cabras con buena o mala leche; con sus burros y mulas en las calles, un par de coches de alquiler en la Plaza del Ayuntamiento, para desplazarse a la ciudad o a la cabecera de partido; el autobús desvencijado que nunca pasaba la ITV que hacía un viaje al día; y algunas tabernas con una cocina y unos servicios higiénicos de los que mejor no hablar, deplorables y desastrosos. Claro, a la gente no les había dado por tener segundas viviendas en los pueblos porque primero debían procurarse la primera en la ciudad; no había dinero para esas cosas, en general, porque los medios económicos eran más bien escasos en todos. Los sueldos eran pequeños y ya tenían suerte los que conseguían llegar a final de mes sin tener que pedir adelantos ni préstamos.
Pero José era más pobre todavía, mucho más que todas aquellas personas a las que el sueldo no les llegaba a fin de mes, porque carecía de él. Vivía en una casucha, en las afueras de la población, sin agua y sin luz, cerca de un arroyo que bajaba de las montañas cercanas, que le proporcionaba agua en el invierno y sequedad en verano. Su casa estaba junto al cauce del arroyo, según me contó la única vez que hablé con él.
No tenía absolutamente nada aquella mañana cuando los niños se levantaron de la colchoneta y pidieron el desayuno. En aquel momento le pasó por la imaginación volver a una finca cercana de la que ya había cogido en cierta ocasión unas algarrobas para dárselas de comer. La primera vez que fue a coger algarrobas tuvo la mala suerte de que lo detuvo la pareja de la Guardia Civil, que cumplía con su deber. Le llevaron al Juzgado y después de celebrarle un juicio de faltas, en el juzgado de Ronda, le impusieron una pequeña multa por hurto de algarrobas, multa que no pudo pagar, lógicamente. Hubo una segunda vez que lo cogieron con un saco de patatas y unas lechugas que había hurtado en una huerta, volvieron a celebrarle el juicio de faltas y lo condenaron a pagar otra pequeña multa que tampoco pagó. Pero en ambas ocasiones el papeleo apenas tuvo importancia porque él se limitó a ir al Juzgado a declarar y luego a comparecer el día del juicio de faltas. Ya José ni se acordaba de aquello. Pero los antecedentes estaban archivados y había información acreditativa de las dos condenas anteriores.
Y como los niños lloraban de hambre y al hombre eso de pedir por las casas o en la puerta de las iglesias no le parecía digno, decidió volver a aquella finca repleta de algarrobos cuyos frutos se caían todos los años al suelo y nadie se preocupaba de ellos, salvo los cerdos cuando el gañán los llevaba a comer por aquella parte de la finca. Además, la finca, todos lo sabían en el pueblo, era de un marqués, o de un duque, que vivía en Madrid y rara vez bajaba a su propiedad. ¡Qué podían importarle al marqués unas algarrobas más o menos!
Las algarrobas las utilizan en muchos lugares para engordar a los cerdos, pero en aquella época también las vendían en los quioscos y “puestecillos”, como golosinas o chucherías. Son sabrosas y dulces y deben tener mucho alimento cuando sirven para comida de animales. Recuerdo haberlas comprado como chucherías y comido, de pequeño, en más de una ocasión, cuando vivía en Osuna.
José salió aquella mañana muy temprano con una talega o bolsa de tela de las que en aquella época se usaban para el pan. Era un día hermoso con una luminosidad aparente.
Llegó el hombre a la cercanía de la finca, se escondió en un promontorio, junto a la linde, tras unos árboles para observar las inmediaciones y comprobar que estaba solo en aquella parte de la finca; llenó la talega de algarrobas, unas cogidas del árbol y otras de las caídas en el suelo y se dispuso a regresar al pueblo con su preciada carga, procurando caminar paralelo al camino, aprovechando los arbustos y evitar ser descubierto.
Tuvo la desgracia de tropezar con una pareja de la Guardia Civil, situada estratégicamente en un recodo del camino. Intentó esconderse detrás de una zarza, en vano, los dos tricornios se recortaron nítidamente en el cielo azul de la mañana y el miedo lo dejó paralizado.
El guardia de mayor edad era uno de los que lo habían detenido en las dos ocasiones anteriores. José soñaba con aquel guardia, y estaba en la creencia de que era una mala persona, que disfrutaba cada vez que lo prendía, que lo humillaba, que le hacía bajar la vista al suelo y le paralizaba la lengua.
-¿Qué llevas ahí, José?
-Unas... algarrobas. No hay nada que comer en mi casa y los niños se han levantado llorando de hambre.
-¿Otra vez algarrobas, hombre?
-¿Sabe usted lo que son los niños llorando cuando tienen hambre y no tener nada que darles?
-¡A callar, hombre! ¡Aquí solo hablo yo, tu te limitas a responder! ¿Entendido? ¿Es que pretendes justificar el robo?
José permaneció en silencio, temeroso. Pensó que era mejor callar que protestar.
-Abre la talega.
-¿De dónde son estas algarrobas?
-De la finca del marqués.
-La otra vez también eran de la finca del señor marqués. ¿Es que la tienes tomada con el pobre señor marqués?
-Estaban en el suelo.
-¿Y qué? ¿No sabes que luego se las comen los cerdos del señor marqués?
-¿Y los niños, qué? –preguntó José, incapaz de permanecer en silencio y arriesgando su propia integridad.
-No me contestes así que te doy una...
El otro guardia era más joven y comprensivo.
-Déjalo, hombre. Después de todo es una simple talega de algarrobas y si los niños tienen hambre... ¿Qué le pueden importar al marqués unas cuantas algarrobas? Vamos a dejarlo que se marche en paz y si lo cogemos de nuevo...
-¡Estás loco! Si lo dejáramos marchar el paquete sería para nosotros. Mañana no serían algarrobas, sería un cerdo o cualquiera sabe qué. Anda, vamos para el cuartel.
José pasó la noche en el calabozo del cuartel y los niños no comieron aquel día. A la mañana siguiente lo llevaron al Juzgado de Instrucción de Ronda.
El engranaje de la ley entró en funcionamiento: declaración ante el Juez de Instrucción que lo dejó en libertad después de practicar las diligencias de rigor; informe de antecedentes policiales, político-sociales y penales: no había participado en la guerra civil ni tenía antecedentes desfavorables en tal sentido contra el régimen, pero había sido condenado en dos ocasiones como autor de faltas por hurto; informe del Ayuntamiento diciendo que José estaba en el paro, que tenía cinco hijos pequeños y que las algarrobas iban a ser el alimento de aquel día. Eso constaba en el expediente desde el principio.
La Ley a veces es como una apisonadora sin conductor que no ve y no comprende nada pero que va machacando a todo aquel que se cruza en su camino. Es necesario que sea así, siempre se ha hablado de la frialdad de la Ley, pero debe haber excepciones. Los hombres, a veces, deben humanizarla. Y los únicos hombres que pueden hacer esas cosas son los fiscales y los jueces. Aquel expediente debió ser archivado porque se trataba de un auténtico estado de necesidad, algo previsto en la Ley. Pero no lo fue.
Un perito agrícola valoró las algarrobas. Su valor era una ridiculez. Una peseta con cincuenta céntimos el kilo. Como eran tres kilos, el valor total de lo hurtado ascendía a cuatro pesetas con cincuenta céntimos.
La Ley de Enjuiciamiento Criminal contiene un artículo que es el 109 que establece que hay que ofrecerle el procedimiento al perjudicado por si desea ejercitar las acciones civiles y penales contra el autor del delito. Se libró una comunicación a Madrid para ofrecerle el procedimiento al señor marqués.
Cuando el señor marqués recibió la citación judicial le pidió a su abogado que le acompañara al Juzgado y compareció el día indicado para declarar, sin saber el motivo. Le preguntaron si era propietario de una finca en la serranía de Ronda, en la provincia de Málaga, y dijo que sí.
-¿Y para qué me citan? –preguntó.
-En su finca se ha cometido un hurto y se le ofrece el procedimiento por si tiene algo que reclamar.
-¿En qué finca? Tengo más de una en la serranía de Ronda.
-En la finca X.
-Ya. En esa finca solo hay algarrobos. ¿Qué han hurtado?
-Tres kilos de algarrobas valorados en 4,50 pesetas, a razón de 1.50 pesetas el kilo.
No vi la expresión del señor marqués, obviamente, porque el hombre estaba declarando en Madrid, pero por la pregunta que le hizo al funcionario debió estar irritado:
-¿Por tres kilos de algarrobas me han hecho venir aquí, hacerme perder media mañana y aplazar un viaje a París? –otra persona que no hubiese sido marqués no se habría atrevido a preguntar esto así, pero en la vida y ante la Ley la realidad es que todos no somos iguales, hay unos más iguales que otros, sin duda. -¿Cree usted que vale la pena reclamar algo por tres kilos de algarrobas?
El funcionario debió encogerse de hombros, sin duda, y posiblemente diría que la Ley lo establece así y que no era cosa suya.
El expediente aumentaba de tamaño cada día hasta alcanzar más de cien folios: atestado de la guardia civil, declaraciones ante el Juzgado, informes de conducta de la guardia civil y de la policía local, informe de situación económica del procesado, emitido por el ayuntamiento, exhortos a Madrid para esto y para lo de más allá, solicitud de antecedentes penales, informes del fiscal, paso del expediente a la Audiencia, remisión al fiscal para calificación provisional y fijación del posible delito, escrito de conclusiones del fiscal y proposición de pruebas, petición de nombramiento de abogado y procurador del turno de oficio para encargarse de la defensa del procesado, entrega del expediente al abogado defensor para el trámite de calificación provisional y proposición de pruebas, en fin, lo que mucha gente llama “la Biblia en pastas”.
El fiscal solicitó una multa de 5.000 pesetas con arresto sustitutorio de 30 días. Era lo mínimo en aquella época para un delito de esa naturaleza. Y citación del señor marqués para el acto del juicio oral. Lógicamente el señor marqués no compareció.
Tres kilos de algarrobas para darle de comer a los hijos. Aquella situación entraba de lleno en lo que la Ley llama estado de necesidad.
La maquinaria legal es, a veces, como una trituradora o apisonadora, como dije antes. Parece que, a veces, nadie piensa con la cabeza, que todo se hace mecánicamente. Como si nadie tuviera iniciativa para tomar decisiones lógicas, razonables y justas.
Pensaba alegar como defensa de aquel hombre el estado de necesidad fundándome en el informe del ayuntamiento del pueblo serrano.
El día del juicio compareció el procesado. Estaba solo, -no tenía dinero para pagar el billete de autobús de la esposa que quería haberle acompañado-, y asustado. Era un pobre hombre, de unos cuarenta y cinco años, casi un viejo parecía, desarrapado, con barba de varios días, mirada huidiza y temerosa, que no podía creer que le pidieran una pena de 5.000 pesetas o treinta días de arresto por haber cogido del suelo de la finca del señor marqués que vivía en Madrid, tres kilos de algarrobas para dárselas de comer a sus hijos. Y me contó la conversación con los dos guardias y la intención de uno de ellos de dejarlo en libertad y algunos otros detalles de los que aquí escribo.
El señor marqués no compareció al acto del juicio, ni siquiera se preocupó de excusar su asistencia.
Se celebró la primera parte del juicio oral: el fiscal lo interrogó y llegó a la única conclusión posible: las algarrobas eran la comida para los hijos; yo llegué a la misma conclusión. Y en el trámite de conclusiones, cuando el fiscal debe concretar la pena que pide, ocurrió algo inesperado. El fiscal –hoy jubilado, llegó a ocupar un altísimo cargo en la magistratura del país, concretamente en el Tribunal Supremo-, retiró la acusación contra aquel hombre y le pidió perdón en nombre de la Administración de Justicia, alegando que por mucha que sea la frialdad de la Ley no era justo llevar las cosas hasta aquellos límites, por tres kilos de algarrobas destinados a darles de comer a unos niños hambrientos. Y dijo algo que me impactó en aquel momento. Dijo, “¿cómo es posible que el señor Juez de Instrucción de Ronda o el Fiscal que calificó provisionalmente estos hechos como delito no decidieran archivar este procedimiento? No veo ninguna justificación para mantener la acusación contra este hombre”.
Aquí acabó el juicio.
Al salir, me preguntó aquel hombre:
-¿Qué me va a pasar al fin? ¿De dónde voy a pagar yo las 5.000 pesetas si no tengo ni para el autobús de vuelta?
-¿No se ha enterado usted de nada de lo que ha dicho el señor que estaba sentado frente a mí? –le pregunté.
El hombre se encogió de hombros.
O estaba tan nervioso que no se enteró de nada de lo ocurrido o era el hombre un poco obtuso y me limité a decirle:
-Mire, márchese usted tranquilo que no le ha pasado nada, ni le va a pasar, por este asunto.
-¿Qué no me pasa nada? –preguntó el hombre, sin creérselo.
-No. El fiscal ha pedido que se archive el expediente y que no le pase a usted nada. Este asunto ya se ha terminado definitivamente. No tiene usted que pagar ni un céntimo.
-Me quita usted un peso de encima, pero digo yo, ¿y para esto han armado tanto follón?
En esta ocasión fui yo quien se encogió de hombros. ¿Cómo explicarle a aquel hombre lo inexplicable?

Sí, hice lo que está usted pensando en este momento. Lo que antiguamente hacíamos muchos abogados del turno de oficio. Le di al hombre dinero para el billete de autobús para regresar a su casa a la serranía de Ronda y que pudiera tomarse un bocadillo en el camino.
Así es la vida.

jueves, 14 de febrero de 2008

¡POR QUÉ NO LO HIZO ANTES!

¡Dios nos pille confesados!
Gane quien gane.
Si gana el PSOE, me pregunto:
¿De dónde saldrán los 400 € ofrecidos a todos los contribuyentes?
¿De dónde saldrán los dineros para crear 1.200.000 puestos de trabajo?
¿De dónde saldrán los miles de millones para entregar a los jóvenes que quieran emanciparse una cantidad mensual para pagar las rentas?
¿De dónde saldrán los dineros necesarios para darle a los padres más días de vacaciones por el nacimiento de los hijos?
¿De dónde saldrán los aumentos para que las mujeres perciban los mismos sueldos que los hombres? ¿Quién pagará esas igualdades, el gobierno o las empresas? ¿Es que no llevamos ya varios años con la ley de igualdad?
¿De dónde saldrán los dineros para crear tantísimas guarderías como ha prometido el señor presidente?
¿De dónde saldrán todas las cantidades necesarias para cumplir las promesas realizadas?
Porque, claro, todas esas promesas requieren enormes cantidades de dinero y el Estado tiene dos caminos para obtenerlo: los impuestos directos que se pagan con la declaración de las Rentas de las Personas Físicas -IRPF- o con los impuestos indirectos -que pagamos todos engañados, ocultándosenos la verdad-, como son los derivados de las hidrocarburos, por ejemplo, donde el Estado percibe cantidades astronómicas y se lleva el ochenta por ciento de cada litro de gasolina o gasoil que ponemos en el depósito del coche.
¿Quieren decir que lo que nos van a dar con una mano nos lo van a quitar con la otra?
¿Quieren decir los del PSOE que lo que nos van a dar con la mano derecha nos lo van a quitar con la mano izquierda?

También me hago las mismas preguntas si gana el PP.
¿Qué ocurrirá si a todos los ciudadanos se les bajan varios puntos en la declaración de las rentas? ¿De dónde se pagarán todos los ofrecimientos que se hacen graciosamente antes de las elecciones?
¿Se harán todas las cosas que se dicen con respecto a los inmigrantes?
¿Se solucionarán todos los problemas del bilingüismo con vascos y catalanes, permitiendo a todo quisque a que pueda hablar y rotular en el idioma que a cada cual le salga de las narices?
¿Quieren decir que se crearán todos los puestos de trabajo que aseguran?
¿Quieren decir que habrá trabajo para todos, etc, etc.?
¿No será que lo que nos ofrecen con la mano izquierda nos lo quitarán con la derecha?

Esto parece una subasta.
¡Ofrezco cien!
¡Yo ciento diez!
¡Yo ciento veinte!
¡Doscientos!

¡¿Qué pitorreo es este?!
¿Es que han perdido la seriedad unos y otros haciendo promesas que saben positivamente que no podrán cumplir?
¿Por qué todos estos ofrecimientos no los hicieron hace unos años?
¿Por qué dice ahora el señor Chaves que procurará la igualdad de sueldos entre hombres y mujeres? ¿Es que no ha tenido tiempo de hacerlo en estos veintitantos años que lleva gobernando Andalucía con mayoría absoluta, o es que no se había enterado de que las mujeres cobran menos que los hombres por el mismo trabajo y es ahora cuando quiere enmendar el yerro?

¡Yo no me chupo el dedo!
Sé que cuando pasen las elecciones, de lo dicho, nada de nada. Las palabras de los mítines se las lleva el viento y al día siguiente a las elecciones se ven infinidad de palabras y promesas volando sobre el parque y las calles de la ciudad a impulsos del levante.

"-Pepe, dame el papelito de las promesas electorales de hace cuatro años que voy a repetirlas en el mitin de esta noche".
"-¿Y si la gente se da cuenta?"
"-No seas bobo, la gente no se acuerda ya de lo que dijimos la otra vez. No he visto gente más imbécil que esta que va a los mítines. Se lo creen todo. Si yo, en lugar de ser político fuese público... ¡No creería ni media palabra de lo que dijera el político de turno!

Si salen, harán lo que les venga en gana, como siempre hacen.
Si no salen, dirán que como no han salido...
¡Váyanse a paseo unos y otros, cogidos del brazo y riéndose de todos nosotros a carcajadas, como cuando están en los pasillos del Parlamento, en plan informal, y no están en el interior haciendo el paripe de que se pelean y discuten!

Cuando oigo decir a algunos políticos que van a hacer algo que no hicieron en más de veinte años de mandato con mayoría absoluta, me carcajeo. No lo puedo evitar, me da la risa. Hasta me duele la barriga de tanto reír.

"-¡Oiga, ¿por qué no lo hizo antes?!"

lunes, 11 de febrero de 2008

BARCOS HUNDIDOS Y CHAPAPOTE

Los barcos hundidos y el chapapote parece que quieren intervenir en el resultado de las elecciones generales de España, por segunda vez.

El 19 de noviembre de 2.002, un petrolero llamado PRESTIGE se hundió frente a las costas de Galicia y estuvo enviando crudo a las playas y acantilados durante una temporada. Le llamaban chapapote a aquella materia negra y pegajosa que todo lo impregnaba y acababa con la vida de peces y aves que caían en sus garras pegajosas. Algunos técnicos, en un alarde de mala fe, -pudiera ser-, o de incompetencia, -también pudiera ser-, dijeron que tendríamos chapapote en las playas y acantilados de Galicia y Asturias durante varias generaciones, pero lo cierto es que desapareció por completo a los dos o tres años. El chapapote, la guerra de Irak y la desgracia del 11-M, fueron algunos de los motivos por los que el Partido Popular perdió las elecciones del año 2.004, cuando las encuestas lo daban por ganador. Aquellos cantos y gritos de NUNCA MAIS, de los gallegos por el centro de Santiago de Compostela; aquella enorme cantidad de voluntarios con monos blancos que fueron a colaborar de buena y mala fe, para desprestigio del PP; aquellas representaciones teatrales de los artistas contra el PP por haber participado en la guerra de Irak y retirado el barco sin comprender que podría partirse, etc., fueron elementos que coadyuvaron al descrédito de unos -PP- y al enaltecimiento de otros -PSOE-. La realidad fue que aquellos gobernantes debieron hacer lo que creyeron lo mejor y resultó ser lo peor. Ocurre muchas veces en que la decisión es tan difícil que si sale bien, te aclaman; y si sale mal, te hunden.
Ahora, con motivo de las elecciones del 9-M de 2.008, otro chapapote sale a la luz pública e inunda las playas de Algeciras, de la Línea de la Concepción y adyacentes, aunque en mucha menor escala que en Galicia.
La única diferencia es que no se sabe si la culpa es total de las autoridades españolas, de las gibraltareñas, o de ambas, porque nadie habla claramente del tema, como si fuera tabú.
A finales del verano de 2007 se produjo en el Estrecho de Gibraltar una colisión entre dos barcos, el petrolero TOM GERTRUD y el chatarrero NEW FLAME. Al primero no le ocurrió nada grave, pero el segundo se hundió. Menos mal que no fue al revés. El NEW FLAME permaneció asomado al agua, recreándose en el Peñón de Gibraltar y bahía de Algeciras durante unos seis meses hasta que casi se hundió el día 10-2-2008, ayer mismo. Digo casi porque todavía tiene una chimenea oteando el horizonte y los gibraltareños dicen que solo se ha movido un poco debido al temporal que azota el Estrecho, pero de hundirse, nada. Llevaba -y creo que sigue llevando- en su interior chatarra y petróleo. Las manchas de chapapote no han dejado de aparecer desde el verano, pero el día del hundimiento aparecieron muchas más, según las pocas noticias de la televisión. La mañana del día 11, hoy, iban a comenzar la retirada de tabletas de chapapote, que son como tabletas de chocolate, pero incomibles, aunque a algunos políticos seguramente se les atraganten.
No sé si vendrán los consabidos artistas a gritar NUNCA MAIS; o si vendrán los del PSOE a gritar las consignas correspondientes del NO QUEREMOS UN GOBIERNO QUE MIENTA Y NO QUEREMOS LA GUERRA DE IRAK, aunque la gente del PP no tenga responsabilidad alguna en estos hechos, no lo sé. Tampoco sé si vendrá la gente del PP a gritar contra los del PSOE de los señores Zapatero y Chaves; o si vendrán voluntarios vestidos con mono blanco, palas y cubos recogiendo el chapapote de las playas y aparecerán las televisiones para dejar constancia de lo ocurrido. Hasta ahora no ha sucedido nada de eso. Una simple noticia escueta... para no molestar, vaya. No sé si el señor Chaves aparecerá por las playas algecireñas para hacer algún comentario sobre esta tragedia ecológica. Y tampoco sé si el señor Zapatero que estuvo en Algeciras dando un mitin el sábado o el domingo se refirió a este barco que se le ha hundido a él, si no en las narices, sí en las orejas, lo mismo que el otro se le hundió al señor Aznar en las manos. No sé nada porque ni las televisiones ni las emisoras de radio, ni los partidos políticos, si los periódicos, han reaccionado ahora como entonces. Entonces fue “todos contra el PP” y ahora nadie ha dicho “todos contra el PSOE”. Pero el chapapote está ahí; el barco hundido se quedará ahí –porque este pecio no lleva monedas de oro en su interior y nadie peleará por sacarlo- y no escucharemos el NUNCA MAIS, porque aquí no estamos en Galicia, pero sí podríamos escuchar “QUE NO SE HUNDAN MÁS BARCOS, TIO, QUE LOS “PESCAOS” VAN A SALIR “MU” SUCIOS”.
He visto hoy en Málaga un grupo de hombres con monos y batas blancos y ya me cabe la duda de si serán médicos o enfermeros de algún hospital, empleados de algún supermercado o carnicería, o si será un equipo de voluntarios camino de Algeciras para quitar el chapapote antes de las elecciones. Cualquier cosa puede ser.
¡Qué tropa, la de los políticos!